viernes, 28 de mayo de 2010

Calor, especias y laberintos

Hace casi una semana regresamos de Marruecos. Desde entonces hemos tenido que hacer lo que no habíamos hecho el resto del semestre, estudiar. Ya calmadas las aguas y con una disculpa por la tardanza les paso el chisme de nuestro último paseo. Para desquitar las que les debo y porque no se puede describir con pocas palabras lo que vimos les dejo en esta entrada una buena cantidad de material de lectura.



Muy solidarias, Tay y yo llegamos junto con Karla al aeropuerto de Madrid hacia las dos de la mañana. Su vuelo a Marrakech salía a las 6:30, el nuestro hasta las 9:50. Así empezaron las nuevas experiencias, durmiendo en el aeropuerto un rato en el piso, otro en la sala de espera.

Después de un complicado aterrizaje con turbulencias que dejaron empapado de sudor al chavo junto a mí, por fin pusimos los pies en África. Karla que ya llevaba algunas horas esperándonos y había tenido tiempo de sobra de aprenderse el aeropuerto nos señaló lo indispensable antes de salir: los baños, la casa de cambio y una zona de compras con ambiente místico. Me empezaron a sorprender los colores vivos de las telas, la mezcla de olores intensos, el particular sonido de la música árabe y las caras de extraño placer de los turistas que la escuchaban sentados en sofás acojinados. Y todavía no salíamos del aeropuerto.

Pasando las puertas, los marroquíes no tardaron en acercarse para convencernos de que tomar el taxi era mejor opción que el autobús. Así se presentaron: grandes negociantes, insistentes y poco pacientes. Prevenidas de la facilidad con que algunos marroquíes llegan a embaucar a los turistas, tomamos nuestro tiempo y decidimos con calma. De acuerdo, 70 dirhams y nos dejaba justo frente a nuestro Riad.

Segunda gran sorpresa: las calles y vialidad de Marrakech. Coches, motos o burros por igual respetan poco los sentidos, los carriles y las banquetas, cada quien va por donde haya un huequito que le acomode. Los peatones marroquíes tienen que ser valientes toreros y rápidos atletas.

Entramos a la ciudad amurallada hasta la puerta Bab Doukala, la más cercana al Riad. “¿Dónde está el hotel?” le preguntamos al taxista. “Ahí”, nos respondió señalando unas puertas. Pagamos con billetes de 20 y al no haber amago para la búsqueda de moneditas exigimos nuestro cambio.
Mexicanas: “¿Y nuestro cambio?”
Señor taxista: “80 DH. Las maletas…”
Mexicanas: “No quedamos en eso. Dijimos 70 DH.”
Señor taxista: Balbuceo ininteligible. Le da a Tay una moneda.
Ana: “Esa moneda es de 5 DH”.
Tay: “Faltan otros 5 DH”.
Señor taxista: Rezongos y palabras de molestia en árabe (Queremos suponer que dijo: “Estas muchachitas tan guapas sí que salieron abusadas”). Nos da por fin el cambio completo.

Nos dirigimos al vago ahí del taxista para encontrarnos con una especie de taller mecánico. Un minuto solas y ya estábamos perdidas. Temerosas caminamos hacia la avenida principal hasta que encontramos el Tribunal, el lugar donde Aranza nos había dicho que nos podría recoger. Qué suerte esa de llegar con avanzada que nos supiera guiar entre callejones hasta el Riad. Medio trácalas el taxista, pero por lo menos sí nos había llevado lo más cerca posible.

El Riad es una casa tradicional pero acondicionada como hostal. El Riad Massin tenía un patio muy agradable y fresco donde nos recibieron con te de menta mientras amablemente nos señalaron en el mapa algunos lugares de interés y nos daban algunas recomendaciones. Una refrescadita nomás después de la noche mal dormida y sin tardar más salimos a la aventura.

La primera parada, por supuesto, tenía que ser para recargar energía. Llegamos directo a la plaza Jemaa El Fna donde vimos por primera vez los famosos encantadores de serpientes y adiestradores de monos que se dejan tomar fotos por loqueseasuvoluntad. Ahí mismo encontramos una opción barata para comer los platillos típicos, el couscous y el tajin.

El souk, el mercado más grande, es realmente un conjunto de callejuelas con una increíble cantidad de tiendas para atrapar turistas dispuestos a hacer shopping diferente: esquivando motos y regateando precios. Ahí nos dimos cuenta de lo multilingües que son los marroquíes. Si nos veían facha de francesas, nos hablaban en francés, de inglesas en inglés y de españolas en español (nomás nunca le atinaron a que éramos mexicanas, por supuesto). Cuando Aranza se quería safar de alguno y hablaba en italiano ellos, por supuesto, respondían también en italiano. A los gritos de “¡María, María!”, los vendedores trataban de llamar nuestra atención. “Pasa, pasa, sólo ver” nos invitaban, y cuando nos disculpábamos mientras nos alejábamos añadían “Mmm, banca rota”.

El color de moda lo pone el desierto. Seguramente como decía Tay la empresa que produce el tono entre arena y marrón con el que pintan todas las casas, edificios y construcciones de Marrakech debe hacer una enorme fortuna. Marrakech es pues, una ciudad muy combinada, pero en parte esa uniformidad, junto con una mala señalización y calles torcidas la convierten en un laberinto para el turista.

Un mapa no sirve en Marrakech, valen más los ojos, la intuición y una actitud segura. Cualquier asomo de duda sirve para que algún marroquí interesado se acerque a ayudar señalando direcciones que llevan al puesto de un amigo. Sin siquiera saber a dónde te diriges ya quieren decir cómo ir a la mezquita, el museo o la plaza. Así pues, llegar a donde queríamos era una proeza para celebrar. Como descubridora de un tesoro se me calló la baba cuando entramos al Palacio Bahia o a la Medersa Ben Youssef.

A pesar de que poco a poco fuimos reconociendo muchas semejanzas entre México y Marruecos fue extraña la constante sensación de los primeros días de estar perdida en otro mundo, de flotar en una realidad desconocida incapaz de ver, escuchar y hablar como de costumbre. Mientras viajábamos en el metro de Madrid a la estación de autobuses para regresar a Donosti sentía como si acabara de regresar de un viaje en el tiempo, sorprendida como aún sigo de las enormes diferencias entre culturas y personas. ¿De verdad somos del mismo planeta?

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